El Real Madrid no pasa del empate contra un Girona que supo reaccionar y le complicó la vida antes de enfrentarse al Bayern de Múnich.
Con la mente puesta en el Bayern y varias rotaciones importantes en el once, el Real Madrid dejó escapar dos puntos ante el Girona en el Bernabéu. Pero más allá del empate, el partido dejó sensaciones contradictorias: una primera hora llena de intensidad y buen fútbol… seguida de una desconexión preocupante que volvió a evidenciar las grietas del equipo.
La previa ya dejaba varios focos importantes. Jude Bellingham y Éder Militao regresaban a la titularidad tras sus lesiones para coger ritmo antes de la gran noche europea. Mientras tanto, Trent Alexander-Arnold comenzaba desde el banquillo tras llegar tarde a un entrenamiento, decisión disciplinaria de Arbeloa que no pasó desapercibida. Y el Madrid salió como si quisiera resolver el partido rápido.
Nada que ver con el inicio dubitativo ante el Bayern. El equipo fue agresivo, vertical y muy intenso en la presión. La banda izquierda, con un Vinícius eléctrico y un Brahim muy participativo, destrozaba constantemente al Girona. Todo pasaba por ahí. Mbappé, muy activo atacando espacios, rozó el gol en varias ocasiones durante los primeros minutos. Sin embargo, el Girona también encontró espacios para golpear. Ounahi estuvo cerca de silenciar el Bernabéu con un disparo brutal a la escuadra, pero apareció un Lunin espectacular con una de las paradas de la noche.
El Madrid seguía insistiendo. Valverde probó suerte desde lejos con un misil que obligó a Gazzaniga a volar, mientras Carvajal encontró a Mbappé con un gran centro al segundo palo que terminó en una ocasión clarísima para Vinícius. El brasileño falló en el área pequeña, aunque eso no empañó una primera parte muy positiva de su parte, siendo el gran agitador ofensivo del equipo.

También dejaron buenas sensaciones Bellingham y Militao. Ambos, todavía buscando ritmo competitivo, mostraron personalidad y momentos de gran nivel pensando ya en la Champions. Pero el partido todavía guardaba cambios de guion.
La segunda parte comenzó exactamente igual que la primera: con un Madrid dominante y agresivo. Y esa superioridad encontró premio rápidamente. En el minuto 52, Fede Valverde soltó un trallazo desde la frontal que sorprendió a un errático Gazzaniga para firmar el 1-0. El Bernabéu parecía tranquilo. Demasiado tranquilo. Porque tras el gol, el equipo dejó de morder. Bajó la intensidad, perdió tensión competitiva y empezó a jugar andando. Y cuando este Madrid se desconecta, cualquier rival encuentra vida.
Así llegó el empate. Lemar aprovechó la pasividad blanca para sacar un disparo imparable desde fuera del área en el minuto 60. Un gran gol, sí, pero también una acción que nace de la falta de agresividad defensiva del Madrid. A partir de ahí, el equipo se cayó. Militao y Bellingham fueron sustituidos con cautela pensando en el Bayern, pero el Madrid perdió todavía más control. El tramo final fue espeso, lento y sin alma. Camavinga volvió a dejar una actuación muy preocupante, lejos del nivel que se esperaba de él, mientras el equipo parecía transmitir la sensación de que LaLiga ya no importa.
La entrada de Gonzalo en el 83’ llegó demasiado tarde para cambiar el partido. Y el Bernabéu terminó explotando contra el árbitro tras una acción polémica sobre Mbappé dentro del área, donde el francés acabó incluso tendido en el suelo sin que se señalara penalti.
Pero más allá del arbitraje, el empate deja una conclusión clara: este Real Madrid puede competir contra cualquiera cuando juega con intensidad… El problema es que cada vez le cuesta más mantenerla durante 90 minutos.
